GRANDES CLÁSICOS 58: JOHN HUSTON

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Mensaje por Marius el Dom 7 Jul 2019 - 20:15

Ciudadano del mundo y de los placeres, este hombre con "rostro de pirata, de escultor o de individualista" se ha convertido en inevitable punto de referencia de cuantos cineastas, aficionados, críticos, estudiosos o simplemente espectadores, piensan y sienten que "el cine no debe confundirse con la vida, pero tiene que servir para ayudar a vivir, a los que lo hacen y a los que lo ven".
Su obra cinematográfica, tan polifacética y heterogénea como su vitalista y nómada existencia, no es comprensible si se considera aislada de cada una de las vicisitudes que jalonan el intenso discurrir de su vida. Su universo poético y las claves de su pensamiento sólo alcanzan definitiva coherencia cuando ponemos en relación la visión del mundo que transmiten sus películas con el contexto humano, intelectual y social en el que le ha tocado vivir.
John Huston fue alumno de la Escuela Militar de California y campeón universitario de boxeo en su primera juventud. Después, Teniente de la caballería mejicana, actor, periodista, dramaturgo, pintor ocasional, pescador por amistad, cazador por afición, novelista por necesidad y amigo de los animales por instinto de libertad. Coqueteó con el existencialismo sartriano y se sintió atraído por Dashiell Hammett, Hermann Melville, Arthur Miller, Ray Bradbury, Rudyard Kipling y Malcolm Lowry. Le entusiasmaban la bebida, las mujeres, la caza del tigre y las carreras de caballos. Estadounidense de nacimiento, irlandés por adopción, mejicano por vocación y apátrida por temperamento.
No es una leyenda ni un mito. Es la vida real, vibrante y apasionada de uno de los últimos grandes humanistas del cine clásico, que sobrevivió a su propio tiempo y afrontó la vejez con la lucidez, el ímpetu y la vitalidad de sus mejores años juveniles.

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John Marcellus Houghston nació el 15 de agosto de 1906 en Nevada, Missouri, condado de Vernon (Estados Unidos). Hijo del actor Walter Huston y de la periodista Rhea Gore. De la familia de su padre hereda una mezcla de sangre irlandesa y escocesa de la que acabará sintiéndose muy orgulloso. De su familia materna quizá aprendió que el alcoholismo puede llegar a ser consustancial al hombre, cuando tuvo que visitar en un centro de rehabilitación a su abuelo John, que había sido tamborilero en el ejército confederado y que ejercía entonces de alcohólico habitual.
Pensando en seguir la carrera militar , Huston estudia en la Lincoln High School de Los Angeles, pero abandona para dedicarse al boxeo, llegando a ser campeón universitario de California.
Debutó como actor a los 19 años, por mediación de su padre, sin que la experiencia le dejara muy convencido.
A finales de 1925 se trasladó a México, donde encontraría un mundo diferente cuyo recuerdo no olvidará jamás y al que acabará volviendo una y otra vez. Allí descubrió los toros, las peleas de gallo, el mezcal, la tequila, las apuestas más descabelladas, el amor por los caballos y el arte precolombino.
Allí trabajó como empleado en una caballeriza y se alistó –como Stroheim-, en el cuerpo de la caballería mejicana, donde alcanzó el grado de teniente.
En 1928 regresa a Estados Unidos, habiendo escrito una pieza de teatro en verso libre (”Frankie and Johnny”) que se representó con cierto éxito en 1929, con marionetas y realización de Ruth Squires.
De esa época datan igualmente una serie de cuentos, pequeñas novelas y relatos cortos que publica en el American Mercury, recogiendo su experiencia como boxeador y sus recuerdos mexicanos. También trabaja en la sección de crónica negra del New York Evening Graphic.
En 1931, un amigo suyo, el realizador Herman Shumlin, le recomendó como escritor a Samuel Goldwyn lo que significó su entrada en el mundo del cine.
En 1938 empezó a trabajar como guionista fijo en la Warner. Cuatro guiones  suyos fueron convertidos en sendas películas hasta que el éxito obtenido con "El último refugio" (Raoul Walsh, 1941), y "Sargento York" (Howard Hawks, 1941), le proporcionaron la suficiente confianza de la Warner como para dejarle dirigir su primera película: era El halcón maltés (1941), el primer peldaño de su extensa filmografía.
El halcón maltés no supone ninguna aportación decisiva al género negro, se contiene en los límites de una fidelísima adaptación, y brilla más por su transparente ilustración del mundo de Dashiell Hammett que por la creación de un universo propio. Sin embargo está considerado un film mítico, en parte debido a la popularidad de la obra de Hammett, coincidente además con la disfrutada por el cine de Huston y, en parte, debido a la creación figurativa del detective Sam Spade, con su equilibrio entre ironía y romanticismo, entre tristeza y humorismo.
Sus siguientes trabajos no están a a la altura de tan insigne comienzo y pueden calificarse de rutinarios; es el caso de "A través del Pacífico" y "Como ella sola" (1942).
Durante la II Guerra Mundial fue movilizado, como tantos otros directores, incorporándose a tareas de documentación y pronto tuvo oportunidad de utilizar sus herramientas de trabajo realizando tres valiosos documentales.
En 1948, al volver de la guerra, vuelve a recuperar su pulso narrativo con El tesoro de Sierra Madre con la que da el paso definitivo para su consolidación como creador con un mundo propio que expresar y supone al mismo tiempo el prestigioso reconocimiento oficial de su talento (Ganó tres Oscar, uno para Walter Huston como actor secundario y dos para John como director y guionista).
A medio camino entre el western y la aventura, El tesoro de Sierra Madre desborda los estrechos márgenes de un género cualquiera porque sus imágenes llevan tras de sí una lúcida reflexión sobre la lucha desesperada del hombre por recuperar su identidad.
La década de los 40 termina con el eficaz film de cine negro Cayo Largo (1948), adaptación de una obra de teatro para la que contó con la inestimable colaboración de Richard Brooks en el guión que se mantiene gracias a las excelentes interpretaciones de todos los actores (Claire Trevor, óscar a mejor actriz secundaria), y con "Éramos desconocidos", film dotado de cierto contenido político que recibió muchas críticas.







La década de los 50 comienza con La jungla de asfalto (1950), obra densa y compleja, de una madurez considerable, que constituye una visión social del gangsterismo de la postguerra.
Le siguen "Medalla roja al valor", basada en la novela pacifista de Stephen Crane sobre la guerra de Secesión, que fue mutilada por el productor Louis B. Mayer y supuso la ruptura de contrato de Huston con la Metro; La reina de África, la más tierna y menos cínica de todas sus aventuras, rodada en la selva real del Congo y que supuso la quinta colaboración entre el director y su amigo Humphrey Bogart que ganó el Oscar después de 65 películas en su haber. Inspirada combinación de comedia y aventura, se trata de un film cargado de humanidad, en cuyas imágenes se adivina la fácil comunicación con la naturaleza que Huston fue capaz de establecer; Moulin Rouge (1952), concebida como un homenaje a Toulouse-Lautrec, retratado como un perdedor incomprendido y atormentado que ganó dos Oscar: Mejor dirección artística (Color) y  Mejor vestuario (color), donde Huston intentó adecuar la gama cromática a la dramaturgia de la acción; La burla del diablo (1953), una delirante historia de gánsteres y buscadores de uranio firmada por Truman Capote y producida por Santana Company (productora de Humphrey Bogart) que fue un estrepitoso fracaso comercial y que sin duda es el film más misterioso y maldito de Huston; Moby Dick (1956), revisión atea (con la colaboración de Ray Bradbury) de la novela homónima de Hermann Melville que acentúa el carácter romántico y alucinado de la historia; Sólo Dios lo sabe (1957), historia de un amor secreto entre un marine y una monja en el marco de la II Guerra Mundial; "El bárbaro y la geisha" (1958), film mutilado por el protagonista (John Wayne) y que fue un enorme fracaso; y "Las raíces del cielo" (1958), film imperfecto y atropellado pero sincero y pasional.







La década de los 60 se inicia con Los que no perdonan, western casi onírico (mutilado desgraciadamente por los productores), poblado por extrañas figuras que parecen salidas de otro mundo, lleno de imágenes pasionales y enloquecidas, sobre las que gravita el pasado de forma obsesiva, preñadas de trágicas premoniciones mortuorias y amenazantes signos de violencia.
Le sigue Vidas rebeldes (1961), galería patética de seres desarraigados y errantes, de vidas rotas y a la deriva que acabó convirtiéndose en la última interpretación de Clark Gable y Marilyn Monroe, que murieron poco después de terminar el rodaje; Freud, pasión secreta (1962), cuyo mayor interés radica en la mirada febril y obsesionada que un moribundo Montgomery Clift aportó al padre del psicoanálisis en un film sincero pero excesivamente engolado; El último de la lista (1963), un pasatiempo demasiado obvio y explícito; La noche de la iguana (1964), extraña y sugerente película híbrida, adaptación de la obra de Tennessee Williams, envuelta en ambigüedad y belleza a partes iguales, receptáculo de una extraña convivencia entre las reflexiones intelectuales y la sensualidad a flor de piel que respiran las imágenes, que obtuvo el Oscar al mejor vestuario (blanco y negro) y cuatro nominaciones; "La Biblia" (1966), producida por Dino De Laurentiis, cuyo episodio más interesante es aquel en el que el propio Huston encarna con humor e ironía a Noé; "Casino Royale" (1967), parodia de las películas de James Bond dirigida por cinco hombres que poco o nada tienen en común; "Reflejos en un ojo dorado" (1967), adaptación fiel de la novela corta de Carson McCullers de fría y calculada perfección formal.
La década termina con La horca puede esperar (Sinful Davey, 1969), liviano, bullicioso y fresco relato de bandidos escoceses rodado en Irlanda; y Paseo por el amor y la muerte (1969), hermoso canto de amor y de libertad situado en la Baja Edad Media que narra la historia de amor de dos jóvenes que atraviesan un mundo en descomposición, víctima de sus propias instituciones. Huston sitúa a sus jóvenes protagonistas (entre ellos su propia hija Anjelica Huston en su debut cinematográfico) en una sociedad envuelta en el odio, la guerra, la destrucción y la muerte, convirtiéndolos en seres marginados, huyendo de la hipocresía y de la corrupción de un universo que les es hostil, y al que no sienten pertenecer.







La década de los 70 empieza con La carta del Kremlin (1970), historia de espionaje, con agentes dobles, mercenarios y tráfico de ideologías.
En 1972 rueda Fat City, narración concisa, austera y elíptica sobre la historia de dos boxeadores que se encuentran por casualidad y que componen las dos caras de una misma persona, captadas en el comienzo y en el ocaso de su carrera. El estilo vibrante y de potente impacto visual con que Huston adapta la novela de Leonard Gardner se enriquece con la fotografía de tonalidades metálicas cuya luz agónica y crepuscular, su iluminación y sus matices, restituyen con fuerza inusitada la tragedia íntima, la soledad y el aislamiento de los que nunca alcanzarán la "ciudad dorada".
De 1973 es El juez de la horca (The Life and Times of Judge Roy Bean), remake de "El forastero" de Willian Wyler con guión de John Milius, western insólito que reflexiona sobre el género del Oeste, sus mitos y sus tópicos, sus convenciones y sus resortes; sobre la vieja América que desaparece para dejar paso a la nueva civilización, y sobre todo cómo el juez Roy Bean levantó una ciudad haciendo jurar a todos "por Tejas y Miss Lily Langtry". Es también una inteligente parodia llena de ternura y solidaridad hacia ese personaje memorable (Lili Langtry) y de Huston a la actriz de su vida (Ava Gardner); y El hombre de MacKintosh, film de espionaje de gran ambigüedad ideológica, con un impresionante James Mason.
En 1975 por fin puede hacer realidad su proyecto más querido y largamente madurado que había perseguido durante toda su vida: El hombre que pudo reinar, adaptación de un relato breve de Rudyard Kipling. El resultado final, una de sus más redondas y sugestivas obras maestras, es un trepidante y espectacular film de aventuras imaginarias, rodado en Marruecos, que capta a la perfección el genuino espíritu de aventura y que no está exento de humor y amargura. Soberbia interpretación de Sean Connery y Michael Caine, como Dany y Peachy, dos sargentos retirados del ejército británico en busca de alicientes para continuar su existencia en los que ha hecho presa el escepticismo y el desencanto pero que no han perdido las ganas de vivir.
La década de los 70 concluye con "Sangre sabia" (1979), basada en una novela de la escritora sudista y católica Flannery O´Connor, que cuenta la historia de un evangelista a la busca de un ideal: "la Fe de Cristo sin Cristo" en cuya persecución empleará todas sus energías.







Con los 80 decae su creatividad y realiza proyectos como "Phobia" (1980), extraño thriller psicologista rodado en Toronto; "Evasión o Victoria" (1981), superproducción rodada en Hungría sobre un decisivo partido de fútbol entre prisioneros y guardianes en el marco de la II Guerra Mundial; "Annie" (1982), su única incursión en el género musical desprovista de personalidad; Bajo el volcán (1984), adaptación de la novela homónima de Malcolm Lowry, rodada en su querido México con participación del gobierno mexicano, con Albert Finney esforzándose notablemente en su interpretación del alcoholizado protagonista; El honor de los Prizzi (1985), historia sobre asesinos a sueldo que, en medio de su violencia, contiene interesantes apuntes de humor y que consiguió el Oscar a mejor actriz secundaria (Anjelica Huston) y ocho nominaciones.
La filmografía de John Huston va a terminar con la genial Dublineses (los muertos), adaptación del relato corto "The Dead", del libro "Dublineses" de James Joyce, y que se proyectó y distribuyó póstumamente.
Huston dirigió la película desde una silla de ruedas, con tubos de oxígeno y enfermo del corazón. La mayoría de veces tenía que ver a los actores por un monitor de vídeo y utilizar un micrófono para hablar con el equipo. El director sabía que su vida se estaba apagando, pero en "Dublineses" expresó, a través de los personajes y de unos excelentes diálogos, dramatismo y simpatía; mezcló, como nunca antes lo había hecho en ninguna de sus obras, el amor con el dolor. Participaron sus hijos Anjelica Huston y Tony Huston, que adaptó el guión.
El rodaje de la película duró cuatro meses, de enero a abril. John Huston murió el 28 de agosto de 1987 en Middletown a la edad de  81 años.





John Huston rodó 29 películas a lo largo de su carrera cinematográfica. La Academia de Hollywood le premió en 1948 con dos Oscar por "El tesoro de Sierra Madre" (mejor película y guión); y fue candidato en otras ocho ocasiones a la mejor película.
Se casó cinco veces y tuvo una vida sentimental agitada pese a que, por paradójico que pueda parecer, siempre valoró su soledad y su acendrado aislamiento.
John Huston pertenece a una raza ya extinguida: la de aquéllos que recogiendo la antorcha de los pioneros, entendieron el cine como una aventura vital, desde una óptica humanista, en combate por la libertad, y en defensa de su propia identidad.
Sirva este "Grandes Clásicos" como modesto homenaje al hombre que me enseñó a amar el cine de aventuras, del que aprendía la necesidad de defender mi propia identidad, y al que admiro porque consiguió vivir siempre en paz consigo mismo. Homenaje al hombre que nos ha enseñado a todos, sin afán didáctico alguno, a ser solidarios con los desposeídos, a vivir intensamente, a no reclamar compasión, y a entender mejor que "el cine tiene que servir para ayudar a vivir, a los que lo hacen y a los que lo ven".

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Mensaje por pablo el Lun 8 Jul 2019 - 10:06

Gracias Marius!!!! Qué textazos!! Son mis lecturas de verano!!!

Huston, enorme!
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